El pasado domingo se jugaba el primero de muchos e interesantes choques entre grandes aspirantes en la
Premier. El
Liverpool recibía al
Chelsea en
Anfield en el que era el estreno del niño -ahora rebautizado como
the Kid- ante su nueva afición.
El estadio presentaba un aspecto sensacional. Me producía una envidia -sana, eh!- al ver una hinchada tan entregada en todos y cada uno de los ritos con los que animan a su equipo. Aquí en
España también hay grandes aficiones. No me quisiera dejar ninguna, pero se me vienen a la cabeza rápidamente la del
Sevilla o la del
Atlético de Madrid.
Como suele ser habitual, miles y miles de voces entonaron ese estremecedor
You’ll never walk allone que cada vez que lo oigo se me pone la piel de gallina. No es para menos. ¡Menudo sentimiento!
Y así será, también para el ex rojiblanco. No caminará solo. Ya desde un primer momento se podía intuir. Se palpaba una confianza extraordinaria de la grada en ese pecoso delantero, valiente apuesta -que no necesariamente arriesgada- de
Rafa Benítez y que llegaba este mismo verano al club
red previo pago de 36 millones de euros.
Cantidad que para algunos puede ser desorbitada, pero sólo será el jugador quien se encargue, con su rendimiento sobre el terreno de juego, de dar la razón a unos o quitársela a otros. De momento, en su presentación ante sus aficionados dejó ya la primera perla. Un extraordinario gol -el único de su equipo- en una exhibición de desmarque, velocidad y definición. De eso es capaz el ex delantero
colchonero. De eso y de mucho más. Y seguro que en
Anfield pocas dudas hay al respecto.
Poco necesitó
Torres para meterse al aficionado en el bolsillo. A raíz del tanto, le jadeban en cada una de sus intervenciones. Un club histórico que ya tiene un nuevo ídolo. Un idilio ha empezado…
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